Los perfiles psicosociales de los participantes del fenómeno Bullying se definen a partir de las investigaciones realizadas por Dake, Olweus, entre otros autores.
Estos perfiles se dividen en agresores, víctimas y espectadores.
Agresores. En diferentes estudios se señala como principal agresor a los varones Olweus (1998), Ortega (1994), otros estudios señalan a las mujeres como protagonistas de estos actos que utilizan más elementos psicológicos en sus intimidaciones de forma sutil y poco evidente.
Olweus (1998) señala al agresor con temperamento agresivo e impulsivo y con diferencias en las habilidades sociales para comunicar y negociar sus deseos. Le atribuye falta de empatía al sentir de la víctima y falta de sentimiento de culpabilidad, evidenciándose una falta de control de su ira, interpretando sus relaciones con los otros como fuente de conflicto y agresión hacia su propia persona.
En este sentido son jóvenes que están en cursos en donde son los mayores por haber repetido. Para Cerezo (1999), su integración escolar es mucho menor.
Olweus (1998) reconoce dos perfiles de agresores: el/la activo que arremete personalmente, estableciendo relaciones directas con su víctima, y el/la social indirecto que logra dirigir, a veces en la sombra, el comportamiento de sus seguidores a los que induce a actos de violencia y persecución de inocentes. Además de estos prototipos se identifican otro grupo de personas que participan pero no actúan en la agresión, los cuales se denominan agresores pasivos.
Víctimas.En cuanto a la víctima Mooij (1998) señala que rasgos frecuentes en estas son las que suelen ser sujetos fáciles reconocidos como víctimas y menos apreciados.
El papel de víctima se comparte igualmente entre ambos sexos aunque muchas investigaciones dicen que hay más varones implicados Defensor del pueblo (1999). Olweus (1993) dice que la agresión intimidatoria entre mujeres se ha estudiado muy poco.
Para Olweus, hay ciertos signos visibles que el agresor elegirá para atacar a las víctimas y que separarían a las víctimas de otros estudiantes. Serían rasgos como las gafas, el color de la piel o el pelo y las dificultades en el habla, por ejemplo. Sin embargo, considera que los rasgos externos no pueden ser considerados como causa directa de la agresión, ni el estatus de la víctima. El agresor/a una vez elegida la víctima identificará estos rasgos diferenciadores.
Existen dos prototipos de víctimas: la activa o provocativa, que suele exhibir sus propios rasgos característicos, combinando un modelo de ansiedad y de reacciones agresivas, la cual es utilizada por el agresor para excusar su propia conducta. La víctima provocativa suelen actuar como agresor mostrándose violentos y desafiantes. Suelen ser alumnos que tienden a comportarse con tensión. A veces suelen ser tildados de hiperactivos y lo más habitual es que provoquen reacciones negativas en gran parte de compañeros.
Según el Informe del Defensor del Pueblo (1999), tanto los adultos como los jóvenes se comportan de forma agresiva después de observar un acto de agresión. En el caso del maltrato entre iguales se produce un contagio social que inhibe la ayuda e incluso fomenta la participación en los actos intimidatorios por parte de los compañeros que conocen el problema, aunque no sean los protagonistas de este, lo que hace pensar que estos actos se producen bajo el conocimiento de un número importante de observadores.
Espectadores. La violencia entre iguales se ve favorecida por el aislamiento en el que se desenvuelve el propio sistema de compañeros, y tiene en la tolerancia del entorno inmediato un factor añadido que aumenta el riesgo de daño psicológico. Son espectadores todos los que, conociendo el problemas, permiten que estas conductas se repitan y se den continuadamente, sin impedirlo.
Las victimas que viven todo el proceso en forma de temor, si se encuentran sin recursos para salir de esta situación, terminan aprendiendo que la única forma de sobrevivir es convertirse a su vez en violentos y desarrollan actitudes maltratadotas hacia los otros. Los violentos, ante la indefensión de la víctima, refuerzan sus actitudes abusadoras y transfiere estos comportamientos a otras situaciones sociales.
Los espectadores valoran el fenómeno de la violencia escolar como algo grave y frecuente (Ortega 2002) lo que nos lleva a pensar que esta relación daña y llena de miedo a los jóvenes, aunque no se vean involucrados en el conflicto propiamente dicho. El problema de las víctimas y los agresores es llegar a serlo. Hay que educar en el respeto y la convivencia pacífica para no llegar a ambos comportamientos. Olweus (1993), señala que el abuso y la victimización pueden tener efectos a largo plazo de ahí la importancia de afrontarlos a tiempo en los centro.
Dejar una contestacion