Paralelamente al incremento del teletrabajo, también hubo una mayor tendencia a la virtualización de los equipos de trabajo, fundamentalmente debido a una mayor disponibilidad y acceso a las herramientas digitales, que puede afectar tanto a las relaciones en el trabajo como a la satisfacción laboral. Por ejemplo, el trabajo en equipo virtual carece de la riqueza comunicativa que presentan los equipos presenciales y, por eso, muchos de los problemas tradicionales del trabajo en equipo, como los conflictos, pueden escalar con mayor rapidez. La reducción de la comunicación y la dificultad para interpretar las claves comunicativas no verbales puede, además, facilitar que el personal actúe de forma más superficial, tratando de esconder sus emociones, especialmente las negativas. Esto puede aumentar su estrés y su agotamiento [75] y, además, crear una falsa ilusión de que todo funciona correctamente, aislando más a aquellas personas que estén teniendo más dificultades para gestionar saludablemente la situación. Así, la virtualidad también representa una amenaza directa para los vínculos que el personal establece con la empresa y entre compañeras y compañeros al perder el sentido de comunidad y el propósito común que proporciona compartir espacio físico de trabajo, afectando al compañerismo y al apoyo social. Como medida preventiva, muchas empresas iniciaron actividades de socialización virtual como, por ejemplo, comidas virtuales o pausas conjuntas para el café, que podrían mantenerse con el tiempo para reconstruir y mantener el clima y la cultura de la organización y favorecer los procesos colaborativos.
En las actividades económicas realizadas presencialmente, las principales medidas para combatir los contagios y aplanar la curva procuraron limitar al mínimo imprescindible el contacto físico, creando una mayor distancia emocional entre las personas y dejando la capacidad de apoyarse mutuamente, durante muchos momentos, solo en las interacciones remotas. La pérdida del contacto social directo emergió como una nueva amenaza para la salud y, de forma más insidiosa, surgió la soledad como un nuevo riesgo que, en el medio laboral, afecta negativamente al compromiso afectivo, a los comportamientos afiliativos y al propio desempeño. De hecho, las medidas de distanciamiento social y los protocolos para hacer frente a la COVID-19 representaron un obstáculo para mantener muchas de las relaciones sociales preexistentes y fomentar otras nuevas. En algunos casos, por el aumento del plantel para atender las crecientes demandas laborales como, por ejemplo, en la enfermería, pero también por el incremento de la automatización y de la robotización, que aceleró una tendencia que ya se había advertido a lo largo de la última década.
Los robots pueden contribuir a hacer más seguro el lugar de trabajo al optimizar los procesos productivos y limitar las exposiciones peligrosas para la salud, especialmente dañinas en algunas ocupaciones y sectores de actividad como en la industria extractiva, en la construcción o en la producción de productos químicos. Reducen muchas tareas rutinarias y repetitivas, ayudando a disminuir la fatiga de las personas trabajadoras y la probabilidad de cometer errores que puedan comprometer la SST. Pero
también afectan a la experiencia laboral de las personas que desarrollan los puestos de trabajo con los que interactúan, y pueden generar rechazo.
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